
Evangelio del Domingo: Lucas 13, 22-30
Jesús les dijo: «Esforzaos en entrar por la puerta estrecha.
Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán.
Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta, diciendo: "Señor, ábrenos"; y él os replicará: "No sé quiénes sois."
El Evangelio de este Domingo nos dice que "la senda que conduce a la Vida es estrecha"
Es urgente la necesidad de la gracia y de nuestra respuesta. Recuperar el equilibrio, o la plena vigencia de la virtud, resulta de cargar la propia cruz cada día. Somos la cruz que debemos cargar: nuestros naturales límites, nuestras falencias y pecados, los altercados con un entorno agresivo y desalentador.

Nuestra obligada colaboración está subordinada a la suya. La prescindencia de Dios hace, de muchos seres humanos, verdaderos vagabundos. Como consecuencia la creación es manipulada hasta su destrucción.
Lo estamos comprobando en el mal trato a que es sometido nuestro planeta y, particularmente, a la inconsideración cruel con que unas personas tratan a otras, en la delincuencia callejera y el terrorismo causan deplorables y sangrientos incidentes.

Es comprensible que el Señor sea el depositario de la dramática confesión de aquellos primeros interlocutores: Una persona le preguntó: Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvan?.(Lucas 13, 23); incluye la fragilidad de la vida temporal y el miedo de que la misma acabe y se diluya. La salvación y la perdición constituyen las antagónicas alternativas de la vida humana. Jesús responde a esa desgarradora cuestión de manera única y simple: Luchen para abrirse camino por la puerta estrecha, porque les aseguro que muchos querrán entrar y no lo conseguirán.
Esforzaos a entrar por la puerta estrecha.
Jesús tiene algo importante que enseñarnos. La salvación no es un tema de curiosidad sino de compromiso. Jesús no rebaja las exigencias. Hay una puerta ancha y una puerta estrecha. Dios es puerta siempre abierta, pero nuestra mentalidad se resiste a entrar por la novedad de salvación que ofrece Jesús.
Señor, ábrenos.
Jesús nos abre los ojos con una parábola de contraste. No son nuestros pretendidos derechos los que nos abrirán la puerta. La puerta ya está abierta si nos ponemos en verdad ante nosotros, ante Dios, ante los demás; sin otra pretensión que la de ser amados y de amar. Aquí, y no en nuestras obras ni en nuestras pretensiones de que vean nuestra perfección, está nuestra confianza. Jesús es la puerta y entramos por ella cuando aprendemos a vivir como Él.











