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DOMINGO SEGUNDO DE NAVIDAD
 - Evangelio: Juan 1,1-18
Nuestra vida está llena de sentido, porque una Palabra de amor nos habita y no se cansa de amarnos. Al escucharla nos hacemos conscientes de la cercanía de Dios.
El Espíritu nos capacita para acoger y agradecer este don. La Palabra, leída, escuchada, meditada, guardada en la interioridad, se convierte en suelo firme de nuestra fe, en agua viva que sacia nuestra sed. Casi imperceptiblemente va dejando su huella en el entendimiento y en el corazón; va tejiendo un espacio donde es posible el encuentro con Dios.


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Mirándonos en el espejo de la Palabra vamos descubriendo cómo se relaciona Dios con nosotros.  El rostro de la Palabra es Jesús. Él nos espera dentro para darnos el abrazo de su misericordia.  El recién nacido de Belén es la Palabra, el Hijo de Dios, perfecta revelación del Padre.
Es la gran paradoja del misterio de la Navidad: la Palabra de Dios se manifiesta hoy en un niño que no sabe hablar. Y sin embargo, Jesús de Nazaret, en su humanidad, nos revela a Dios infinitamente más que cualquier visión sobrenatural o discurso humano por profundo que sea.Dios se hace hombre y la navidad nos impone a todos una exigencia: hacernos también nosotros cada día más humanos, más respetuosos de la dignidad del hombre, porque sólo así seremos cada día más semejantes al Dios vivo que ha querido compartir nuestra condición.
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Continuar llevando dentro de nosotros y vivir en lo cotidiano el espíritu de Navidad es un desafío para los seguidores del Dios nacido entre nosotros. Tomando conciencia de toda condición humana, especialmente en personas que la llevan de una forma cruel e inhumana, es una de las formas de vivir el verdadero espíritu de Navidad. También Navidad será Buena Noticia para los cristianos, incluso cuando ya se hayan apagado las últimas luces navideñas, si en lugar de abandonar estas situaciones, transformemos nuestra propia humanidad en gestos concretos de solidaridad. Pues, nuestra fe nos dice: Dios no se va a ningún lado para abandonarnos.  Se queda con nosotros para siempre.
Albina Moreno
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