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San Agustín
“La vida se hizo visible en la carne, porque quiso manifestarse de manera que ella, que sólo podía ser vista con el corazón, lo fuera también con los ojos para poder sanar los corazones. Estábamos en condiciones de ver la carne, pero nos era imposible ver la Palabra. Entonces, la Palabra se hizo carne – que podemos ver- para sanar los ojos de nuestro corazón destinados a ver la Palabra”
                                                                                                                                                 
  
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Descendit de caelis Salvator mundi. Gaudeamus.
Bajó del Cielo el Salvador del mundo. ¡Alegrémonos!
Este anuncio, lleno de un profundo gozo, resonó en la noche de Belén.
Hoy la Iglesia lo reitera con alegría inmutable:
¡Ha nacido para nosotros el Salvador!
Una ola de ternura y esperanza llena el ánimo,
junto con una profunda necesidad de intimidad y paz.
En el pesebre contemplamos a Aquél
que se despojó de la gloria divina
para hacerse pobre,
movido por el amor al hombre.
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Junto al pesebre, el árbol de Navidad
con el centelleo de sus luces,
nos recuerda que con el nacimiento de Jesús
florece de nuevo el árbol de la vida en el desierto de la humanidad.
El pesebre y el árbol: símbolos preciosos,
que transmiten a lo largo del tiempo el verdadero sentido de Navidad.
Resuena en el Cielo el anuncio de los ángeles:
“En la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, que es el Cristo Señor” (Lc 2, 11)
¡Qué asombro!
Naciendo en Belén, el Hijo eterno de Dios
entró en la historia de cada persona
que vive sobre la faz de la tierra.
Ya está presente en el mundo
como único Salvador de la humanidad.
Por eso nosotros le pedimos:
Salvator mundi, sálvanos.
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