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17 Domingo del Tiempo Ordinario -
 Evangelio: Mateo 13,44-52

“El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder, y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo”. ( Mateo 13, 44)

La alegría de poseer el único tesoro que no se corroe. La vida cristiana es un camino de plenitud y alegría verdadera porque toda ella está encaminada a poseer a Dios, único ser que puede colmar el anhelo de felicidad de hombre. Nos hiciste para ti, Señor e inquieto está nuestro corazón hasta que descanse en ti (San Agustín).


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 El cristiano debe saber vivir en este mundo sin ser del mundo, debe aprender a valorar en su justo valor los bienes de este mundo sin anclar su corazón en ninguno de ellos. Más aún, debe estar dispuesto a venderlo todo consciente de que su única posesión verdadera es Dios.
 Paradójicamente aquello en lo que generalmente se piensa que se encuentra la alegría, la riqueza, los bienes materiales, los placeres, que por lo demás han pasado a ser los valores preponderantes de la cultura, desencantan al corazón del hombre hecho a una medida que sólo Dios puede colmar. Sin ser en sí mismas malas, las riquezas pueden convertirse en un impedimento y un obstáculo para vivir una vida cristiana auténtica ya que con facilidad desvían el corazón del hombre hacia los intereses del mundo.
 Es preciso, pues, enseñar a los hombres a vivir el desprendimiento afectivo y efectivo de todo aquello que en nuestro corazón quita espacio a Dios.

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•    El tesoro no es otra cosa que Dios mismo, habitando nuestra interioridad, queriendo darse a conocer a su manera, amándonos siempre. Dios nos nace en los adentros, regando nuestra vida de posibilidades. •    A Dios lo compramos con nuestra nada. Dios es pura gracia. Más allá de nuestros ruidos están los sonidos de la vida. El resultado de este trueque de vender y comprar es la danza del Espíritu.
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 Señor Dios, necesitamos criterios fiables para guiarnos en la vida. Necesitamos conocer la verdad de los auténticos valores. Necesitamos el don de sabiduría para discernir el bien del mal. Por eso pedimos confiados la luz que viene de tu Palabra.  Amén.
ALBINA MORENO
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