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Dedicación de la Basílica de Letrán
 Evangelio Juan 2,13-22

…”Encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas. Quitad esto de aquí; no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre Destruid este templo, y en tres días lo levantar酔Cada persona dispone de una dignidad que hace referencia a la naturaleza humana del Hijo de Dios encarnado en el seno virginal de María Santísima. Dios, en su Hijo, se asoció a nosotros para resacralizar nuestra naturaleza humana, profanada por causa del pecado. Este es el auténtico fundamento de los derechos humanos, a veces no respetados por quienes dicen defenderlos.

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El carácter sagrado de la persona humana.  Toda persona posee el carácter sagrado de un templo. Es allí donde Dios quiere alojarse y revelar su bondad, su belleza y su misericordia. La Redención restaura el templo que cada uno es, execrado por el pecado y re consagrado por el Espíritu que Cristo resucitado otorga a quienes deciden seguirlo. Cada bautizado, inmerso en la Muerte del Señor y vivificado por su Espíritu, hace de su cuerpo un templo reconstruido en el que Dios habita. ¡Qué otra sería la vida en sociedad si todos los bautizados fueran conscientes del carácter sagrado de las personas relacionadas con ellos, fueran o no cristianos!
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 Para que ese templo mantenga su sacralidad es preciso vivir la caridad – para con Dios y para con los demás – y, por lo tanto, desalojar la levadura del odio y del egoísmo. Jesucristo es el vencedor del pecado y de la muerte; y extiende su victoria hacia quienes lo aman “cumpliendo sus mandamientos” y abrazando la propia cruz cotidiana. El cuerpo de Jesús, su humanidad, es el nuevo templo anunciado por los profetas, la morada de Dios entre los hombres. Gracias a Él podemos acercarnos al Padre en un mismo Espíritu. “Veo yo claro que para contentar a Dios y que nos haga grandes mercedes, quiere sea por manos de esta Humanidad sacratísima, en quien dijo Su Majestad se deleita. Dejamos que el grito de Jesús llegue a nuestro corazón y nos purifique: ‘La casa de mi Padre no puede ser un mercado, es casa de oración’. “El alma del justo… un paraíso adonde dice Él tiene sus deleites”.
ALBINA MORENO
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